Mi trabajo está dedicado a las mujeres barbudas del mundo. ¿Quién podrá disfrutar de lo que hago sino ustedes, que se salvaron de una vida ordinaria por los pelos y escogieron por su gusto desafiar las leyes de lo estético convirtiéndote a si mismas en maravilla? Con todo el mercadeo que le cupo en los bolsillos de su crujiente traje azul, una amiga de Procter & Gamble me preguntó hace poco que por qué me empeñaba yo en temas y cosas que no tienen las drogas, la lujuria y el ¡Zam! ¡Pum! ¡Pow! ¡Crash! de los jabones ¡perdón! los chicos de ahora. Lo pensé y tenía razón. En mi trabajo no hay más embriaguez que la de una elefanta borracha de tequila en su noche de bodas, la violencia de algunos zarpazos y la lascivia de King Kong, que murió célibe el pobre, aunque para beneplácito de los atarantados y tarantinos del mundo, lo hayan matado a tiros. En este mundo extraño, donde no nos ha quedado más que esperar una mala noticia o un buen chiste, aún hay mucha buena realidad dispuesta a revelársenos si miramos con atención, porque aunque la vida retrate a veces tan mal en las tomas abiertas siempre queda agraciada en los close-ups. Mirar es decidir en cuestiones de segundo la diferencia entre lo extraordinario y lo mediocre, o al menos decidir que uno no decidió no decidir. Mi trabajo habla de lo maravilloso y de mi deseo por maravillarme, un afán al que me aferro con fe irracional. Maravillarse es un acto de fe difícil en un mundo donde las religiones nos volvieron descreídos. Por eso cuando mi amiga me preguntó cuál era mi “target”, le respondí que eran ustedes: las mujeres barbudas del mundo, esas que peludas son estrellas y depiladas sería anónimas. Algunos cirqueros anuncian como mujeres barbudas a unos pobres osos afeitados, vestidos con ropajes femeninos. Tal vez alguna de ustedes sea uno de ellos, lo cual es complejo precisar porque los osos no nos muestran jamás qué andan pensando. En uno u otro caso, el trabajo que hago es para ustedes y para todo el que como ustedes con su decisión batalla a diario la modorra del planeta. Besos, Enrique Enriquez
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